SOS: Salvemos a nuestros niños

 

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¿De verdad hay “trastornos” infantiles?

 

Ante la actual avalancha de trastornos, síndromes, patologías, diagnósticos, y nuevas etiquetas o siglas inventadas para clasificar lo que no se comprende o no se puede controlar, no puedo por menos que perder el sueño pensando qué va a ser de los niños a quienes ahora, por decisión de no se sabe qué grupo de expertos y bajo qué autoridad, se les está empezando a drogar a muy temprana edad.

El que ahora está de moda, entre otros, es el TDAH. “Trastorno por déficit de atención e hiperactividad”. Dicen que una píldora diaria será suficiente (antes de ir al colegio, por supuesto), para que el niño esté quieto en su sitio y no moleste a los adultos.

¿Con qué objeto? Uno puede ser para que vayan copiando del entorno lo antes posible, ya que drogarse y buscar apaños fuera de uno mismo se considera normal. Aunque hay otro más simple: el de que no molesten. El de que no molesten a unos padres que no saben ni están preparados para educarlos adecuadamente, ni hacen nada para aprender esa sagrada profesión. El de que no molesten a unos maestros cuyo único fin es el de conseguir dentro de su aula el óptimo porcentaje de aborregamiento posible. El de que no molesten a un sistema incapaz de distinguir, cuidar, mimar y potenciar a los niños que presentan características de superdotados, (sin hablar de los niños Indigo o Cristal), porque un sistema mediocre no sabe qué hacer con las personas que destacan.

Mejor dicho, sí saben qué hacer: la historia nos ha demostrado que normalmente empiezan criticándolos y acaban encerrándolos o matándolos. Después, una vez bien muertos, cuando ya no pueden molestar al sistema, es cuando se les elogia y se les venera, se les hacen estatuas o se les pone su nombre a una calle, cuando no se monta una secta o una iglesia bajo su patrocinio.

A los que logran sobrevivir y mantenerse a salvo, no queda más remedio que llamarles héroes o líderes y si estos no molestan demasiado o interesa a algún político con ínfulas, puede que les sigan y hasta que les aplaudan.

Veamos varios testimonios, ejemplos vivos y reales de lo que trato de apuntar.
Una maestra de la zona de El Vendrell (Tarragona) que –¡increíblemente!- creo que sigue ejerciendo su profesión, puso en una nota a los padres la siguiente observación sobre su hijo de 7 años: “Su hijo tiene un problema: está demasiado seguro de sí mismo” ante lo cual, los padres, con muy buen criterio, cambiaron al niño de colegio.
En Pozuelo de Alarcón, esta vez en un colegio católico confesional, un padre me comentaba que al ir a buscar a su hijo a la salida, uno de los tutores le advirtió: “tiene usted que dominar a su hijo y controlarlo, porque tiene madera de líder”, ante lo cual este inteligente padre igualmente cambió a su hijo a otro centro educativo.

Por el contrario, en otra ocasión observé a una madre, título que me pareció inmerecido, que estaba en una farmacia adquiriendo un sin fin de productos. Mientras tanto, su hija de 5 años, a la que no prestaba la menor atención, revoloteaba alrededor intentando distraerse. Cada vez que la niña se acercó a su madre, ésta la empujaba para que no la molestara, y al hacerlo le gritaba estridentemente, llegando en algún momento a empujarla con fuerza, haciendo que la niña se tambalease. La mujer fumaba como una descosida, mostraba un gran nerviosismo e impaciencia y parecía que su hija era la víctima propiciatoria. En un momento le llegó a gritar: ¡”estate quieta de una vez, estás para valium, en cuanto lleguemos a casa te lo doy, a ver si me dejas tranquila!”. La niña sonrió y se agarró a su falda; por fin había conseguido atención de su madre, la cual se lo agradeció dándole una bofetada. La niña se puso a llorar, con un semblante de tristeza e incomprensión que me pareció debía ser ya habitual. Controlé mi indignación diciéndole solamente: “señora, la única que está para valium es usted y no la niña. Ella sólo está para tener una madre que la quiera y la sepa educar, y esa desde luego no es usted.” La pobre niña debía tener ya todo un sin fin de síndromes y algún que otro trauma, cómo no. La realidad me ha demostrado en más de una ocasión que denunciar estos y otros casos no sirve para nada. En este país nunca pasa nada. Ocurra lo que ocurra, nunca cambia nada.

Según los expertos, unos de los aspectos que presenta el citado “trastorno”, es que los niños se aburren en clase, no prestan atención y no se adaptan a las normas. Ello habla muy alto y claro de la falta de recursos y conocimientos del maestro para saber cómo funciona el cerebro de dichos niños, así como el de todos los demás, y saber enseñarles tal como ellos saben aprender, en vez de obligarles a que aprendan de la única manera en que el maestro sabe enseñar. A estos maestros les sugeriría que cambiasen de profesión. ¿Cómo podemos extrañarnos pues del gran fracaso escolar?  ¿Qué más resultados esperan obtener para darse cuenta de lo mal que lo está haciendo el sistema? “Si lo que haces no funciona, entonces haz otra cosa”. Sencilla regla de PNL. Pues no señor. Sigamos haciendo más de lo mismo, a ver si ocurre un milagro y un día cambian los resultados por sí solos.

Por lo visto no es el sistema el que está equivocado, no: ¡son todos los niños los que están mal, los que son tontos, inadaptados, rebeldes, los que no saben aprender…! ¿¡Cómo es posible que llevando ya 4, 5 ó 6 años en el planeta, todavía no hayan aprendido a aprender!? ¿Acaso no han tenido tiempo? Y sino, ¡haber nacido enseñados! Es su problema, no el nuestro. Nosotros, los adultos, somos los que tenemos la razón, los que sabemos todo, y sino, no hay más que mirar alrededor y ver la sociedad que hemos creado. Ellos no tienen más que aprender una cosa: obedecer, callar y no molestar. Y ¡cuidado con salirse del rebaño! Al que lo intente, le etiquetaremos de esto o aquello y ahí llevará su estigma durante toda su vida, porque, eso sí, ya nos aseguraremos de que la impronta quede grabada desde la más temprana edad, para que la huella psíquica cree raíces y nos garantice clientela para el futuro. Sabemos hacerlo muy bien. Llevamos siglos de práctica.

Y lo mismo ocurrirá en casa, con sus padres, cuando el niño no sepa ya qué hacer para conseguir la atención que precisa de sus progenitores, quienes están cansados del trabajo diario y no están dispuestos a invertir tiempo ni energía en hacer algo para lo cual no han estudiado ni se han preparado y de lo que no tienen buenos ejemplos alrededor: conocer quién es ese niño, cual es su temperamento, su espíritu, respetarle, guiarle y orientarle, ser un buen ejemplo y referente que es el deber de todo progenitor consciente. Si no es así, ¿por qué no lo pensaron antes de engendrarlo? ¿Nadie ha oído ni siquiera hablar de la maternidad responsable en este país?

Los niños no tienen ningún trastorno, señores míos. Los niños han nacido perfectos para adaptarse a la vida en el planeta. El único trastorno está a su alrededor, en un entorno caótico que les trastorna a ellos y en el cual tienen que aprender a sobrevivir. Los únicos realmente trastornados son los adultos, sobre todo cuando pretenden conseguir que los niños dejen de serlo antes de tiempo, en contra de la Naturaleza.

Todos los niños nacen perfectamente preparados para vivir. Su cerebro es como gelatina, una esponja donde se archivan todos y cada uno de los estímulos externos, incluso ya en el vientre materno, y cuyo inconsciente no olvidará jamás. El consciente hará lo posible por adaptarse y sobrevivir, y para ello copiará del entorno, como todo cachorro vivo, como todo bebé que hará y repetirá lo que vea y lo que oiga, y se rebelará ante lo que no le guste o no entienda. Y ello lo hará desde sus metaprogramas innatos, desde su espíritu que hay que reconocer y respetar: libre, adaptable, sumiso, rebelde, autónomo, dependiente, prodigio, superdotado, listo, rápido, lento, inquieto, tranquilo, psíquico, etc.

Cada nuevo ser es un espíritu diferente, con características diferentes, temperamento diferente, metaprogramas diferentes, estilo diferente y, como sabemos, si no hay dos seres humanos idénticos, ¿cómo pretendemos meterles a todos en un mismo saco, en una misma aula, con unas mismas normas, y con unos maestros que tratan a todos bajo el mismo rasero? ¿A qué mente maquiavélica se le ha ocurrido tratar de igualar no que no es y nunca será igualable?

Bien, pues además de las diferencias antes citadas, han de saber los adultos “expertos”, en cuyas manos, al parecer, están cayendo nuestros indefensos niños, que existen otras diferencias notables: cada niño es además Visual, Auditivo, Kinestésico, o una mezcla de todo ello. Según como sea este metaprograma fundamental, su cerebro procesará la información de entrada y de salida de forma diferente. Se comunicará de forma diferente y actuará, se moverá y hablará de forma diferente, porque aprenderá y archivará la información de forma diferente. Y sobre todo porque es un espíritu único, exclusivo e irrepetible por la gracia de Dios. Como es cada ser humano.

En la mayoría de los casos, los niños etiquetados como “hiperactivos” son Visuales. ¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo: que su cerebro se rige por imágenes, piensan en imágenes, las mueven a una velocidad de vértigo en su pensamiento, ven las soluciones antes que los demás, son capaces de hacer varias cosas a la vez, y generalmente todas bien, la velocidad de procesamiento de datos les impele a hablar muy rápido, ya que intentan traducir en palabras lo que ven en su mente, se mueven sin parar al ritmo de esas mismas imágenes y por lo tanto se aburren con rapidez, porque necesitan estímulos y desafíos constantes, ya que el proceso visual es neurológicamente el más rápido. Y como saben que ello les funciona, están seguros y orgullosos de sí mismos…hasta que el entorno se encarga de educastrarles para que pasen a formar parte de la masa gris de la mediocridad nacional y, sobre todo, no molesten a los que no son tan rápidos.

Y ¿en qué criterios se basan los expertos para creer que este potencial inigualable haya que reducirlo y someterlo con drogas para que los adultos no se sientan incómodos? En lugar de ello, ¿por qué no les preguntan a los niños qué es lo que quieren y qué es lo que necesitan? ¿Por qué no se utilizan y estimulan sus facultades? ¿Algún “experto” ha hablado con los niños, les ha escuchado, ha sabido ponerse en su lugar? Me temo que no…

En los numerosos artículos que he venido leyendo y que aparecen continuamente en la revista www.PSIQUIATRIA.com (Sección: “Novedades en Trastornos infantiles”), se indica que los trastornos de hiperactividad y falta de atención se prolongan en la adolescencia y a lo largo del crecimiento de esa persona. Veamos otro ejemplo:

Una mujer joven, en la treintena, atractiva e inteligente, casada y viviendo con su familia, me pidió ayuda. Llevaba 15 años en tratamiento psiquiátrico con tranquilizantes. Y ¿por qué? Muy sencillo: nada más verla entrar, andar y hablar, los “expertos” la habrían etiquetado de hiperactiva, nerviosa, es decir, la viva imagen de un cocktail de síndromes que ella misma se había creído y con los que se había acostumbrado a vivir, aceptando que era ella la que estaba mal.. En efecto, ese era el diagnóstico que le había dado su psiquiatra, apoyando el que le había inoculado su “querida familia” desde pequeña: “eres muy nerviosa, no paras, estate quieta, cállate, siéntate, no molestes, ¿por qué no puedes ser “normal”? ¿por qué siempre tienes que estar haciendo tantas cosas?” y lógicamente, de mayor, buscó una pareja donde la copia de rol se mantuviese, porque era a lo que estaba acostumbrada y creía que era lo que merecía. El mensaje de su entorno era “tú estás mal y nosotros somos los que estamos bien”.

Sin embargo yo no la etiqueté de ninguna manera. Simplemente le hice ver que era una persona Visual. Le reconocí como recursos y cualidades todas aquellas características que los demás, incluido su psiquiatra, le habían etiquetado como “trastornos”. Sin conocer a su entorno, le presenté una serie de características distintas a las suyas que, imaginé, debían poseer y manifestar sus familiares, ante las cuales, con gran asombro por su parte, contestó afirmativamente a todas y cada una de ellas. No podía dar crédito. ¿Era eso sólo en realidad? Le dije que lo comprobara, que se pusiera a prueba ella misma: que respirase más lentamente, desde la zona del abdomen o del diafragma, que anduviese más despacio, como si estuviese paseando, que se moviese como si fuese a cámara lenta, que observara, escuchara y contase hasta 5 antes de hablar y que comprobase el resultado en sí misma y con los demás.

Inmediatamente empezó a sentirse mejor. Me comentó que su entorno también empezó a decirle que la veían mucho más tranquila, señal que el tratamiento por fin surtía efecto. No sabían que lo había dejado ya que no necesitaba tomarse nada. Su cerebro funcionaba a la perfección, a pesar de la medicación a que se la había sometido durante tantos años, innecesariamente. El de los demás también. Sólo que muy pocos conocen por qué los ritmos y las actitudes son diferentes: sólo los expertos en PNL. Todas esas diferencias se explican en un sencillo primer módulo para no iniciados, de Programación Neurolingüística, que hasta los niños entienden, y por cierto, ellos mucho mejor que los adultos.

Este linda mujercita, tras conocerse mejor a sí misma, reaccionó con un sentimiento de dolor y rabia, ya que desde pequeña todos la habían estado tratando de hacer cambiar para que fuera como “ellos”. Nunca se había sentido aceptada tal como era, ni respetada por lo mismo. No sólo dejó atrás a su psiquiatra y sus drogas, sino también a su familia y marido. Vive sola, es feliz, por fin está haciendo lo que quería. Ha montado su propia empresa (nadie le había dejado nunca hacerlo, porque “¿para qué tienes que hacer nada? Y además tú estás en tratamiento, ya sabes…”), y es una mujer de éxito, llena de recursos. Hace poco me comentó que ha encontrado otra pareja que no sólo la acepta como es, sino que además la potencia para que siga creciendo y es muy feliz. Me alegro de que esta historia haya acabado felizmente. Puede que ésta sea la excepción que confirma la regla.

La incredulidad me deja atónita a leer en otro artículo de la saga arriba citada, que “a los niños hiperactivos les va muy bien estar en el campo”. ¿Y para eso han tenido que estudiar una carrera? Pero, ¿en qué siglo vivimos? ¿Cómo han podido olvidar que la misión de los niños es jugar, tocarlo todo, no parar, descubrir el mundo que les rodea, archivar experiencias, generar recursos, saltar, correr y disfrutar? ¿Cómo no van a estar hiperactivos si se pretende tenerles encerrados en un aula, donde han de estar sentados, obligados a prestar atención a un maestro aburrido, en una clase incómoda, nada divertida, teniendo que aprender a la fuerza cosas que no les interesan lo más mínimo, porque nadie sabe hacer que les interesen, cuando lo que tendrían que hacer es estar todo el día al aire libre, jugando y corriendo, tal como corresponde a su nivel energético? ¿Por qué quieren ponerle puertas al viento? Imagínense:

“Un parque, una granja, el jardín trasero de casa… cualquier terreno con unos centímetros cuadrados de hierba puede servir para aliviar los síntomas producidos por este trastorno, caracterizado por la hiperactividad, la impulsividad y la falta de atención.” (texto copiado dewww.psiquiatría.com).

Pregunto: ¿desde cuando al aburrimiento y al fastidio se les considera síntomas de un trastorno? ¿Prestan ustedes atención a los temas que no les interesan? ¿Acaso la impulsividad no es propia de personas espontáneas, sinceras, auténticas y naturales, como deben ser todos los niños? ¿En qué cabeza cabe semejante tomadura de pelo? ¿A qué extremos estamos llegando? ¿Acaso se pretende insultar a nuestra inteligencia? ¡Por supuesto que jugar en el campo y al aire libre va bien para los niños, para todos, y sobre todo para los más inquietos, y para los mayores, y para todo el mundo! Menuda novedad. Espero que no hayan invertido millones en estudiar ese “extraño fenómeno…”

Todas las escuelas deberían estar en el campo, en granjas-escuela, fuera de la contaminación de estímulos de toda índole a la que sometemos a nuestros niños, donde cada uno de ellos tuviese la responsabilidad de cuidar un animalito o una planta, donde se les enseñase vivencialmente en qué planeta se encuentran, qué es la Naturaleza, a qué Universo pertenecen, cómo respetarlo y amarlo, y cómo amarse y respetarse a sí mismos. En lugar de ello, se les encierra en un aula (jaula sin jota) y luego en casa se les manda a ver la televisión –sin ningún criterio de selección- para que no molesten, en lugar de hablar con ellos y prestarles la atención que las criaturas necesitan y demandan constantemente. Y si no se les sabe dar, haberlo pensado antes de traerlos al mundo.

Insisto: los niños no tienen ningún trastorno. Son los adultos los que están trastornados. Señores, con todo lo que hay que hacer, ¿no se les ocurre nada mejor que inventar trastornos? ¿No tienen bastante con los adultos, que ahora quieren robotizar a los niños? ¿Acaso se les ha olvidado qué es y debe ser “ser niño”? ¿Por qué no estudian a los padres en vez de a los niños? Seguro que encontrarían mucho material sobre el que ir poniendo sus consabidas etiquetas o inventar muchas otras nuevas. Pero se les ha olvidado una muy antigua: “Sólo aquellos que se conviertan de nuevo en niños, entrarán en el reino de los cielos.”

Cuando una madre da a luz un bebé, el médico no le dice: “mire señora, ha tenido usted un hiperactivo, o una niña con TDAH, o tome, aquí está su depresiva, o ¡ha sido un tímido!, o mire qué neurótico más guapo ha tenido…”  No, sólo le dicen: ha sido un niño o una niña. Enhorabuena. A partir de ahí, que no le pase nada. Lo que ese bebé traiga consigo –su espíritu, temperamento, sabiduría, ciencia infusa, intuición…- se despreciará porque ni siquiera nadie sabrá verlo, valorarlo o respetarlo. Todo lo que aprenda correrá por cuenta y riesgo del entorno. Y muy pronto se le rodeará de todos los trastornos, vicios, malos ejemplos e incongruencias que uno pueda imaginarse, para que tenga un amplio abanico del que ir copiando a medida que crece.

Una de las elegantes ventajas de la PNL es que no hay diagnóstico. Ello no sería más que otra etiqueta y la mente ya está repleta de ellas. Sólo son nominalizaciones, es decir, predicados intangibles. Sobran todas, porque la persona hace siempre lo necesario para que esas etiquetas se cumplan, generando un comportamiento que las soporte, siempre que se las crea, claro está. Pero los expertos han olvidado también algo muy importante: la persona TIENE comportamientos, pero NO ES sus comportamientos. Grave fallo de distinción en los niveles lógicos, señores.

Los “expertos” han organizado un Congreso para tratar sobre los trastornos infantiles. ¡Dios nos asista! Sólo el hecho de que un numeroso grupo de adultos, que se supone están preparados profesionalmente, se reúna para hablar sobre trastornos en niños que llevan tan sólo 4 ó 5 años en el planeta, y que hayan olvidado lo que significa ser niño y su misión en esa temprana edad, y que ese olvido convierta a nuestra infancia actual en víctimas de su ignorancia, ignorancia compartida por un sistema mediocre, arcaico y obsoleto, es para llorar de vergüenza y amargura. Me pregunto cuántas multinacionales de la industria farmaceútica estarán detrás de todo esto y cuánto corporativismo médico irresponsable e inconsciente les estará apoyando.

¿Por qué no hacen un Congreso para estudiar a los padres y maestros y decidir si están realmente preparados para ejercer la mayor de las profesiones, la de Educar a un Ser Humano? ¿Por qué se permite que esos pequeños seres vulnerables e indefensos caigan en manos de cualquiera, sin que nadie controle si están o no preparados para tal excelso fin? ¿Habrá que crear una ONG que se dedique a la protección, educación y respeto a la infancia? Sugiero a los expertos que, antes de ir a su Congreso, echen un vistazo al trabajo de la famosa maestra Marva Collins y su maravilloso sistema educativo en Chicago. (Encontrarán mucha información en internet y en el libro “Controle su destino” de Anthony Robbins).

Ignoro si hay un Defensor de los Niños, o Tribunal Tutelar de Menores, o un Angel de la Guarda con autoridad suficiente para que detenga esta barbaridad y ponga coto a tales aberraciones. Y sino lo hay, pido a Dios que proteja a nuestros niños de hoy, esas indefensas, puras y perfectas criaturas, que salvo algún milagro, serán drogadas y educastradas para que puedan adaptarse al entorno trastornado, hostil, violento y antinatural al cual les hemos traído, para que puedan convertirse en los mediocres hombres del mañana, de modo que no molesten demasiado y que esa tradición de pobreza mental no se pierda.

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Nota:- Ver manifiesto de un colectivo profesional en “Otros artículos de interés”.

Libro altamente recomendado: ¿HIPERACTIVIDAD Y DEFICIT DE ATENCION?, de _Heike Freire – Ed. RBA Libros.

Ver también:  http://www.instituto-pnl.com/articulos/134-ininos-hiperactivos

Ver también:  http://www.instituto-pnl.com/blog/item/147-drogando-desde-la-infancia

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